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LA VOZ DEL SILENCIO (Tras su muerte)

No soy capaz. Casi he olvidado articular palabras. 

Siento cómo resbalo, temblando, enmudecida. ¡Tanto que decir y no consigo hablar! 

Me encuentro llena de un dolor que con el tiempo se apalanca y se hunde lentamente como hizo ella, mi fiel protectora, sin estar yo a su lado.  

Quiero hablar y, a fuerza de no saber cómo, las palabras casi olvidan que existieron una vez, las mismas con las que le preguntaba para aprender, aprender a amar y a amarme. Y allá, en el fondo, se van ahogando y muriendo en un concierto de miedo y mudo lamento. 

Necesito hablar. Hablar para revelar ese discurso que no me escucho a aquellos ojos que me oían, a aquellos oídos que me intuían; hablar para bailar con mi alma ahora que ella no comparte ya ni mi baile ni mi entristecida sombra. 

Estoy llena, y no sé... 

Siento cómo se hinchan mi estómago y mis pulmones de algo que me asfixia, de voces que no consiguen definirse, que se van enmoheciendo, que se exterminan solas en un grito reprimido antes de presumir siquiera mis cuerdas vocales. 

Así las voy olvidando poco a poco, y mientras una a una muere, muero también en la oquedad de este silencio que no calla. 

¡Si supiera dónde encontrarle! 

Aunque quizás... Quizás está esperando apacible en la sonrisa que se refleja en mi espejo. O en el pincel del cosmos que me desafía. 

Quizás esté allí y todo lo demás sólo me disfraza para amortiguar su eclipse. 

Quizás...

¡Quizás!